Chau al besito cortés en la mejilla


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Nunca quise besar a Miuccia Prada. Por lo menos no en los labios. Era una húmeda tarde de primavera en 2015 y yo estaba en Tokio, en la inauguración de su nueva tienda Miu Miu. Había esperado en la fila para felicitarla. Las luces colgaban brillantes y calientes sobre mí, y supe sin mirar que había sudado el traje a la medida que me habían dado para la ocasión. Una famosa actriz francesa metió a dos personas frente a mí en la fila. Se aproximó a la diseñadora italiana con los brazos abiertos y sus manos aterrizaron confiadamente sobre los hombros de Prada, y, como si trazaran las líneas de una parábola volcada, la besó —mwah— en la mejilla izquierda, y luego de nuevo —mwah— en la derecha. La siguiente persona hizo lo mismo, y superó el intercambio sin incidentes. Luego fue mi turno. Como que me adelanté un poco y tomé la cintura de Prada de la misma manera que un estudiante de secundaria podría iniciar un baile lento. Luego me tambaleé aún más cerca, y apenas rocé un lado de su mejilla al primer intento. Al segundo, determinado a hacer contacto esta vez, toqué la comisura de sus labios con los míos.

Desde entonces, he hecho todo lo posible para evitar la bise, ese beso suave y platónico que, según se dice, fue presentado a los franceses por los soldados romanos durante las guerras gálicas. Pero como editor general de una revista de estilo cuyo trabajo incluye ir a los desfiles de moda en París y Milán dos veces por año, no es siempre fácil. Y cuando fallo —como sucede a menudo— rara vez es bonito. Una vez, los aretes de una publicista se quedaron atrapados entre el marco de mis lentes y un descuidado brote de patillas. Otra vez fui por el inicial beso de mejilla desde la derecha (como es habitual en París) solo para darme cuenta de que la persona a la que me habían presentado era de Italia (donde por lo general comienzan en el lado opuesto). En otra circunstancia, después de que di en el clavo con un perfecto beso doble, mi conocido belga lo arruinó todo haciendo ademán de un beso triple. El número acordado de besos varía no solo de un país a otro, sino también de la región de un país a otra. El comediante Julio Torres me dijo, en broma, que en su país natal, El Salvador, la bise sirve para el propósito adicional de demostrar que no eres un robot: “Nos damos un beso, pero añadir otro no es gran cosa. Como, ‘Ok, voy a hacer tu captcha’”.

Pero cuando creciste, como tantos en grandes franjas de Estados Unidos, con abrazos y apretones de mano, la perfecta simetría de dos besos en picada puede hacer que un simple saludo se sienta como algo incómodo. La actriz Christina Ricci considera a la bise “una trampa para estadounidenses torpes”, al igual que la actriz Tavi Gevinson. “Cada vez que me encuentro con alguien y el beso doble es una posibilidad”, dijo, “el tiempo se ralentiza y envejezco mil años. Recuerdo que me presentaron a una mujer que dijo, entre múltiples besos en las mejillas, ‘Soy una gran admiradora tuya… Aunque tengo que decir, no me encantó… tu producción de The Cherry Orchard’. Fue impactante”. (Para evitar la singular vergüenza de que te critiquen mientras te acarician, quizás debería haber seguido el ejemplo del ensayista británico Raven Smith: “Voy directo a los labios, pero es porque soy fácil”.)

Sin embargo, hay una diferencia entre escoger no hacer algo y que te digan que ya no lo puedes hacer. A inicios de abril, Anthony Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas del gobierno federal, dijo sobre la propagación de la COVID-19: “no creo que debamos volver a estrecharnos las manos”. En una conferencia de prensa en marzo, el ministro de Salud francés, Olivier Véran, impuso una prohibición similar a la bise. Si el apretón de manos es el Ford Durango o el Levi’s 501 de los saludos, entonces la bise es tan francesa como una baguette. Y, sin embargo, aunque no es demasiado difícil imaginar a Estados Unidos sin apretones de manos —durante años nos hemos saludado con la mano desde lejos y gruñiendo los unos a los otros— un hola europeo sin un beso es como una película de Christophe Honoré sin Louis Garrel. ¿Hacia dónde van el corazón y el alma a dos metros de distancia?. “Es terriblemente personal, ¿no?”, me dijo el cineasta franco canadiense Xavier Dolan. “Nunca le daría uno a un extraño, peor dos. Pero luego está lo opuesto a eso, cuando conoces estadounidenses y ellos solo te dan uno, así que te quedas solo en tu segundo beso, a mitad de camino, boquiabierto como si fueras un pervertido hambriento por más, y entonces regresan y ofrecen su mejilla como si estuvieran diciendo, ‘Está bien, si lo necesitas’”.

No todos lo hacen. El diseñador Jason Wu ya sopesa la “nueva normalidad” de besos al aire con mascarillas, mientras que Batsheva Hay, otra diseñadora radicada en Nueva York, señaló: “Cuando crecía era algo dar un beso doble al saludar a mis amigas. Éramos preadolescentes de Queens, en jeans, que ensayaban una sofisticada afectación francesa. Ahora, incluso cuando estoy en París, prefiero un abrazo o chocar los cinco”. Pero, aunque me resisto a admitirlo, chocar los cinco en París no se siente bien. Puede que no me guste la bise —tampoco me gustan los meseros desatentos— pero es parte integral de la ciudad y su cultura, y sus políticas están en el lugar correcto. Recientemente hemos usado bastante la palabra “igualador” para describir la pandemia. Otro gran igualador es la bise, que, junto con la potencial confusión, confiere un poco de calidez y buena voluntad. “El beso doble era una gran cosa”, dijo el artista italiano Francesco Vezzoli con un suspiro. “Era la apertura de un diálogo”. Del mismo modo en que un neoyorkino te reprende sin remilgos así tengas cinco centavos o cinco millones de dólares en tu cuenta bancaria, el beso francés atraviesa la jerarquía social. Su decoro es de alguna manera elitista y democrático.

Jeremy Scott, quien ha sido llamado de “el diseñador de la gente”, sabe un poco sobre ambos. El director creativo estadounidense de Moschino, quien ha presentado colecciones recientes en el New York Transit Museum y en el estacionamiento de Universal Studios Hollywood, anunció a inicios de este año sus planes de trasladar la presentación de su línea homónima a la semana de la alta costura en París. “El doble beso está muy arraigado en mí, no sé cómo puedo dejarlo. Sueno como si estuviera en la película Brokeback Mountain: ‘¡No puedo dejarte!’”, dijo Scott. “Supongo que existe la versión de labios fruncidos como si fueras a dar uno, pero me parece poco sincero. Me gusta el calor humano”. Paul Andrew, el director creativo británico de la casa italiana Salvatore Ferragamo, siente lo mismo: “La bise es una hermosa parte de la sociedad europea, porque es una expresión casual e intrépida de intimidad física”, dijo. “Donde yo crecí, en el sur de Inglaterra, besar a los conocidos —especialmente besos de hombres a hombres— era impensable, y es una de las razones por las que lo aprecio tanto. Ahora, por supuesto, la bise está fuera de discusión en el futuro previsible. ¿Qué puede reemplazarla? Supongo que la reverencia, el namasté, el golpe de pecho, o el golpecito en el codo, aunque, desde aquí, en confinamiento en Florencia, hasta eso luce demasiado cercano como para sentirse cómodo”.

Una reverencia podría ser agradable, pero la deferencia va a contracorriente de la intimidad. El namasté parece estresante. El golpe de pecho y el toque del codo deben ser reservados para los juegos entre amigos y los antros. Para bien o para mal, nada se compara con la emoción de recibir un beso doble, o el temor de arruinarlo. “Personalmente”, dijo Andrew, “no puedo esperar a que la bise vuelva a entrar en nuestro léxico cotidiano de comportamientos sociales. Porque una vez que nos volvamos a besar, significará que ya no vivimos con miedo”.





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